De nuevo ha llegado la Navidad y como cada año recuerdo aquella en que vine a Valencia desde Uélamo, un pueblo de Cuenca, donde era conocido por el chivico porque decían que de niño mamaba directamente de la teta de la cabra. Cuando salí de allí, eché la última mirada al lugar: un grupo de casas de lascas negras en medio del seco páramo.
Fue una andadura pesada: varios días de camino atravesando por Campillo de Alto Buey hasta perder de vista la meseta y cruzar los campos de vid de Utiel. Hacía frió durante el día y en la noche helaba. Me guarecía en los mesones, donde me daban cama, cena, y establo para las mulas. Terminé el morteruelo que llevaba en la faltriquera para aliviar la gazuza y gasté varios pares de alpargatas: el barro y el camino estropean el esparto. El deseo de llegar a las tierras ricas de Valencia combatía mi desánimo. Cuando podía acortaba por los desmontes. Desde Camporrobles me dirigí hacia el Molán, atravesando las Hoces y Cuchillos del Gabriel. Me ardían las plantas de los pies pero no quería cansar a las mulas ya cargadas con las alforjas. Al cruzar el paso de las Cabrillas para adentrarme en la Hoya de Buñol los dedos comenzaron a sangrarme, el dolor era insoportable, tuve que parar varias veces a lo largo de los ocho kilómetros del desfiladero del rió. Cuando solo me quedaba media jornada para llegar me entró añoranza del pueblo. Sabía por la hora y el minuto la rutina de la vida y lo que estaba haciendo cada cual: llevar las cabras a pacer, echar comida al gorrino, acarrear leña para la chimenea. Hoy estarían en la matanza: de la yugular del animal brotaba la sangre con un vapor humeante atemperando el frío de la mañana, después con hachones de lumbre quemaban el vello. Al olor a piel churruscada acudían los perros y las moscardas, a unos y otras había que espantar a manotazos. A diario comíamos migas de pan con algún pedazo de torrezno pero aquel día cambiaba el puchero por mondongo con cebolla y pezuñas asadas, mientras las mujeres embuchaban las morcillas y salaban los jamones. Al pensar en esa abundancia puntual se me reían las pajarillas y ensalivaba la boca con el recuerdo de la grasa cruda.
María Isabel Peral del Valle
Del Cuento Ximet D.L. 2004
Al final del cuento, por éste medio regresa Ximet a su pueblo para celebrar su última Navidad

Pues quitando la escena de la sangre manando de la yugular del animal, me metería en la historia sin dudarlo un momento. Y te puedo asegurar que no querría salir. Sabores de antes, me encantan.
Un abrazo