tanger

EL FLAUTISTA DE HAMELÍN

Es una flauta, sí, una flauta, siempre la misma, siempre los mismos silbos, la misma tonada… La misma voz.
La misma… muchos años después, ahora en una ciudad vertiginosa, entre gente deshumanizada y un tráfico ruidoso. El catedrático de semíticas queda suspendido en el tiempo, levanta las manos del teclado del ordenador y siente un agridulce dolor físico, real: le duele la cabeza por el esfuerzo de concentrarse en lo que está haciendo y no seguir la música del hipnotizador. No existen los relojes, y el silbo suspende el tiempo y el espacio en una eternidad cuántica. Al final se abandona, se deja llevar y lo sigue, hasta que una emoción le embarga, después… sensaciones… la música le lleva…

El silbo superpuesto a todos los ruidos le transporta a otro lugar, a una calle con palmeras a la derecha y mar a la izquierda, casas blancas de cal con cúpulas azules, un pollino arrastra mansamente un carro lleno de verduras. Una ciudad con nombre musical: Tánger. Un cafetín donde hombres con chilaba beben té con hierbabuena, envueltos en un olor dulzón a grifa. Debajo de los turbantes la oscura mirada va del humeante líquido al inmenso azul: (¿las costas de España?) y de nuevo al perfumado brebaje.

tanger21
escapada-tanger

El flautista baja por la calle que lleva a la mezquita, a un lado quedan las tiendas de artículos de marroquinería donde se mezclan babuchas y bolsos, mira al interior de la tienda de telas con sus paredes forradas de piezas de tejidos de hilos brillantes, aspira el olor a nuevo y a taller de modista, al final se detiene frente al calderero que requiere sus servicios para afinar los alfanjes de imitación.

maroc06

Regresa con su silbo al barrio judío donde un niño se le acerca con unos céntimos y un cortaplumas, el domingo lo enseñará muy ufano a sus amigos, en la pérgola, donde toca la banda de música.
Los jueves por la tarde no tiene colegio y con otros niños muy distintos a él corre más allá de los pinos: a la “bola del mundo” donde suben sin inclinarse, hasta la cima del depósito de agua. Cuando vuelve de la incursión trae en la cara el viento de la aventura y alguna rama en donde labrar figuras con su cuchilla.
Aquellos pantalones cortos desaparecieron sustituidos por unos bombachos recogidos en los tobillos. El parque le quedó pequeño, cerrado, desaparecieron las niñeras uniformadas y el bombo de los barquillos de galleta crujiente con su ruleta en la tapa. Entonces llevó su risa al Bulevar Pasteur, arriba y abajo por la acera de los Almacenes Kent, cruzando su mirada con las niñas del Liceo Francés, inconfundibles con sus capas y sus sombreros “guiguí”.

kent%20x%20600
Una tarde, después de miradas y sonrisas, regaló un corazón tallado a una niña de trenzas. Fue su amiga mucho tiempo, juntos iban a tomar helados, a pasear frente al mar y a ver películas españolas en el teatro Cervantes.
Su hermano se lo contó a su madre. Entonces tuvo que aceptar que su nombre era Moisés Cohén y por ese motivo no podía enamorarse de una chica que no tuviese su misma religión. Lloró mientras se lo contaba a su mejor amigo Mohamed Arafat y éste le preguntó si a ellos tambien les prohibirán continuar la amistad cuando fuesn mayores.

El profesor se levanta de su mesa y se asoma la ventana, de nuevo la voz:
-El afiladoooooor…
Ve alejarse al hombre que ha retomado un antiguo y perdido oficio en una ciudad europea.