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RECUERDOS DEL PORVENIR

En un desván encontré unas hojas de papel-tela escrita en caligrafía inglesa. El tacto del papel es desagradable. Las cuartillas impregnan mis dedos de moho. Estornudo con frecuencia debido al polvo antiguo que desprenden. Recompongo los dos trozos de la página. Falta laa esquina derecha, han arrancado la firma, la tinta descompuesta por el tiempo está fechada en 19...las dos últimas cifras están ilegibles. He aquí la trascripción:

Estamos pasando unos días en un pueblo de Cuenca, propiedad de unos familiares. La casa está años deshabitada, por motivos que no han querido concretar. Al llegar: una tela de araña como cortina tupida nos dificulta la entrada; la hemos limpiado con esfuerzo porque su seda viscosa se nos pegaba a brazos y manos.
Hay un dormitorio en la planta de arriba, con cama aún cubierta por sábanas y mantas, éstas han desprendido polillas que han teñido de negro el aire. Hemos clausurado la habitación después de impregnarla de desinfectantes.
La primera noche ha transcurrido en duermevela algo nos impide dormir bien. En el desayuno, mi marido y yo, nos sinceramos incrédulos y avergonzados: admitimos tener la sensación que alguien nos observa. Llena de curiosidad pregunto por los últimos habitantes de aquella casa y obtengo la siguiente información:
“Allí vivió, una rica heredera, una mujerona con orgullo de casta y andares envarados. Era la rica del pueblo. Siendo moza de buen ver, ningún pretendiente la requirió: a los jóvenes les intimidaba su posición económica y su carácter altivo. Cuando le pasó la edad, aceptó casarse con un viudo pobre, que tenía una hija de 15 años de su anterior matrimonio”.

Estamos inquietos porque a cualquier hora se oyen portazos en el piso de arriba. Procuramos permanecer fuera: en excursiones y paseos, aunque yo no tengo más remedio que demorarme, limpiando y ordenando, por ese motivo me estoy acostumbrando a los ruidos y a la presencia que nos observa desde su invisibilidad.
Anoche nos despertó una música, me asomé al mirador: pasaba una comparsa de hombres, cubiertos con pieles y cabezas de corderos, agitando cencerros, zambombos, matracas, cascabeles; cuando paraba la charanga se oía un pasodoble de organillo, mezclado con voces aguardentosas alusivas a unos novios:
- “El viudo y la moza vieja se quieren de corazón, hace muy bien en quererse que marido y mujer son”.
El aire olía a boñiga y a pimienta quemada. En el centro de la calle, en una pira de fuego, quemaban dos monigotes de paja: uno llevaba puesto pantalones viejos y una boina; el otro una falda y una escoba por melena. En la galería, a través de las rendijas de la persiana miraba, una mujer vestida de negro.

La cuartilla siguiente está más deteriorada que las anteriores, el hierro de la tinta se ha deshecho como si fuesen lágrimas de sangre:

Mi marido ha oído la música pero me dice que hay temas de los que no hay que hablar. Interrogo a los vecinos por la extraña música.
- Por lo que decís parece una cencerrada de noche de bodas, pero hace años que no se hacen en el pueblo. Igual son los mozos cuando regresan de tomar vinos.
-¡Son las fiestas! -comenta alguien-. La conversación toma los derroteros manidos de los males de juventud.
¡Estamos seguros!: los sonidos provienen de arriba, mi marido se hace el dormido, es bastante cobarde, pero esta cama es demasiado estrecha para disimular! Pienso que lo mejor es subir y comprobar:
Abro la puerta de la habitación de las polillas; el vaho del alcanfor me da en la cara y observo que la ventana está abierta, me parece extraño, porque la dejamos cerrada. Desde la calle sube un dúo de voces armoniosas, acompañadas de los acordes de una cítara:

-La luz de la aurora convierte en alcanfor, el almizcle misterioso de la noche.
-El aire ha renovado los olores.
- No se cual elegir, perfumes son los dos: Almizcle y alcanfor.
- Si, perfumes son, pero el almizcle es perfume de esponsales, y el alcanfor, perfume de mortajas.

Busco de donde proviene el sonido pero no se ve nada. Vuelvo a encajar la falleba para que los gases no se evaporen. Antes de bajar, indecisa, me paro frente a la puerta del desván, como no hay luz, enciendo un quinqué y entro. El desván no tiene ventanas, los vanos están abiertos a la calle, por allí en otros tiempos, subían los cereales y la madera de la chimenea, hoy está todo lleno de polvo; cuatro camas desmontadas reposan apiladas, pasto de la carcoma. De las paredes y vigas cuelgan capazos de mimbre, aparejos del campo, una tabla de trillar, yuntas de mulas, azadas…; veo algo que brilla debajo de un seno de trigo: es un candelabro de cobre macizo, una pieza valiosa. ¿Porque estará escondida…? Lo examino: esta manchado, parece sangre seca, limpio la sangre y lo guardo en nuestras maletas.
Mi marido últimamente prefiere negar lo evidente, ahora dice que no oye ni siente nada. No se porqué, pero desde que estamos aquí se muestra mas irritable.

Hemos adelantado el regreso. Mañana nos vamos. De nuevo siento una presencia al fondo de la habitación, su figura no corpórea, recia y fornida, está en el vano de la puerta, en el negro contraluz destaca su negro ropaje, nos observa. La sigo escaleras arriba: la niña de 15 años dormía allí. Estaba castigada. Los tacones de la madrastra resonaban al subir por la escalera, la joven temblaba de miedo al oír que se acercaba.
La mujer con un gesto amenazante de autoridad y desprecio dijo con una voz ronca y profunda:
-Asunción, aquí está tu cena.
Dejó sobre la mesita un vaso de leche y salió de allí, cerrando la puerta con llave.
Hacía calor en el dormitorio, el tejado de Uralita se calentaba en verano y se helaba en invierno; allí pasaba los días Asunción, la hija del viudo, desterrada por un motivo u otro; mataba las horas observando las hormigas que salían por entre las juntas del suelo, poniendo migas de pan en la entrada del hormiguero.
La mujer baja de nuevo las escaleras. Yo me pregunto: ¿a dónde irá ahora…? Quiero saberlo, pero dudo seguirla…Tengo miedo. Al fin me decido… Se dirige a la habitación de matrimonio: la veo como se inclina sobre una cuna y hace mimos a su propia hija de meses. En ese momento, la mujer de negro levanta los ojos y me ve apoyada en el dintel de la puerta con mis vaqueros azules, ella con ropa de luto, ahora es la viuda del viudo. Nos miramos.

La última hoja tiene otro color y textura. Se nota al tacto que es mas reciente, está escrito con bolígrafo:

He vuelto al pueblo, al entierro de Asunción. Ha muerto, anciana, en el asilo. La entierran junto a su padre. El nicho estaba en cuarta altura de pared. Hasta allí, por una escalera, ha subido el sepulturero. Con grandes trabajos ha removido el ataúd carcomido que hay dentro para hacer sitio al nuevo; y de allí ha caído la calavera del viudo, rodando hasta los pies del que era mi marido; el cráneo tiene una pústula aún activa sobre el hueso sin carne, una herida producida por algún objeto contundente: un candelabro de bronce, el mismo que me llevé de esta casa, el candelabro con el que mi marido me amenazaba antes de separarnos.

Pliego las hojas y recuerdo que me aconsejaron no comprar esta casa porque tiene espíritus. ¡Que tontería! La gente de los pueblos es supersticiosa...
¡No se que ha sido ese ruido! La puerta del desván se ha cerrado y no puedo abrir…

María Isabel Peral del Valle