Espero el ascensor con la mochila de deportes, mientras reflexiono sobre la segunda caída de Occidente, la primera fue en el siglo V (a. X). Nada que ver con lo que se avecina. Hace falta un Huizinga para que analice El Otoño de la Edad Contemporánea.

Estoy muy triste porque Alicia Koplowik es la mitad de rica por culpa del banco Sabadell.

Me cruzo con mi vecino que a pesar de la que cae sigue soñando con pollos asados cual carpanta de posguerra, no desiste de su proyecto especulativo y no baja el precio de sus viviendas. La ambición y la promesa de El Dorado hace difícil a muchos retirarse a tiempo, ya veremos si acaban como Lope de Aguirre.

Me voy a nadar, que es lo mío. Un loquero diría que este vicio es debido a que añoro el liquido amniótico del útero materno, lo último que han descubierto los eminentes estudiosos de la mente ajena ( la propia la tienen desahuciada) es que elegimos la pareja por similitud física con los progenitores. Les doy la razón: me gustan los hombres rubios, altos y con mucho pelo, mis progenitores lo eran, lo que no se es por qué me casé con uno calvo, verdoso y bajito. .., un día de estos les preguntaré.
Los abogados y loqueros son los únicos que se están forrando en esta crisis: entre suspensiones de pago, despidos improcedentes o procedentes, embargos, morosos, dolor de corazón por perdida del trabajo, perdida del hipotecado hogar, divorcios causatis: “cuando no hay harina todo es mohína”

Me han hablado de la piscina del casco viejo, una iglesia convertida en piscina municipal, no quiero perderme la experiencia: es oscura muy oscura como lo ha sido siempre la Santa Institución. La verdad es curioso nadar mirando las bóvedas y las columnas del antiguo templo.
Hoy ya nada es lo que era, las iglesias son piscinas, las palomas de la paz son ratas con alas, los pintores de brocha gorda se anuncian como decoradores, el poeta Miguel Hernández habría escrito “Ingeniero en Lunas” ( ¡Faltaría más!) etc.
En la nave central los bancos han sido sustituidos por calles de agua separadas por corcheras, y los feligreses con las manos juntas para la plegaria han sido suplantados por nadadores que braceamos rogando por la eterna juventud. Dos calles están reservadas para cursos de natación, la entrenadora grita: "¡más brío, más rápido!" a un grupo de mujeres adentradas en la cuarta edad que se mueven simulando un minuet a ritmo de rok duro. Las observo bajo su gorro de goma sin desprenderse de pendientes, gafitas de miope y medalla de oro: millones de telediarios con las carnes desparramadas en el sofá, atracando la nevera para mitigar la ansiedad, comiéndose las sobras de toda la familia, cubo de basura de los malos humores de marido e hijos. Y ahora llega el médico: tiene que hacer ejercicio, tiene que adelgazar, haga gimnasia acuática le ayudará en su depresión, conocerá otras mujeres como usted.

Me parece estupendo, que aunque tarde, esas mujeres inicien una marcha blanca. A mí me gustaría que se inventara una pastillita que te permitiera llegar a la quinta edad en plena forma, como en “Un mundo feliz” de Aldous Hucley y morirme sin deteriorarme, con ética y estética. Porque ambas cosas ética y estética falta en los Asilos eufemísticamente llamados Residencias de la Tercera Edad, donde los mayores esperan la carroza, que dirían los argentinos. En esos sitios huele a muerte, es un olor indefinido mezcla de soledad, falta de amor, abandono, heces y orines pegadas a las nalgas porque hasta dentro de seis horas no toca cambiar los pañales.

A mí lo de nadar y pensar se me da muy bien. Seguí por tanto divagando sobre la cuarta edad: En Benidorm, en Agosto, a las cuatro de la tarde, los mayores bailan en un local a pie de playa. Una familia madrileña que regresan de bañarse cargados de sombrillas, sillas plegables, toallas, plasticos hinchables y niños pidiendo a voces un helado se detienen estupefactos ante el espectáculo que hay tras los cristales refrigerados: ellas vestidas de lamé, pedrerías de todo a cien y kilos de laca cardada, y ellos con sus pantalones y zapatos blancos modelo Julio Iglesias descangallé. Todos giran en la pista a ritmo de pasodobles, boleros y España cañí. Lo único de patético que tiene el espectáculo es la fealdad que conlleva la vejez y todo lo glorioso que lleva esa diversión es la ilusión y las ganas de vivir sin abandonarse a la espera.

Al salir del útero piscinil dejando que el aire seque mi pelo y recibiendo en la cara un agradable sol otoñal, suena el móvil. Es un amigo, marxista convencido, que acaba de llegar de Cuba. Diez días en el purgatorio, el infierno es para los cubanos. En el hotel no funcionaba el ascensor ni el aire acondicionado. Ha llevado la camisa siempre mojada, unas veces por el calor húmedo y otra por los aguaceros torrenciales y repentinos. Cuatro pisos subiendo y bajando. El menú era siempre el mismo: alubias negras, alubias blancas y huevos para desayunar, sopa y pollo para comer. No hay pescado, están prohibidos los barcos pesqueros para que la gente no se escape. Tampoco pueden pescar en balsa, esa solo las usan de noche para hacer turismo por Miami. Ha visto miseria, hambre, gente paupérrima y ha sufrido siete días de colitis irrefrenable. En el aeropuerto, de regreso, ensució los pantalones hasta las trancas. Pidió ayuda a la policía para comprar otros pantalones:
“ ¿Cómo…? ¡¿Qué dice… que quiere usted…?! “. Se apañó entre el lavabo y el secador de manos.
Mi amigo está convencido que los cubanos llevan la pobreza con muy buen ánimo debido al espíritu que les dejó el Che. ( ¡Jesús que discurso tan añejo!). Según él la culpa de todo la tiene el bloqueo a que les tiene sometidos los EEUU. (Bienaventurados los crédulos).
Con mucha frecuencia y estos días en especial, somos muchos los que nos levantamos por las mañanas haciéndonos colitis en el Sr. Bush. Y eso sin necesidad de ir a Cuba.
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