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MESA REDONDA: Dualidades narrativas y teatrales en José Luis Sampedro
Modera: Francisco Martín. Participan Nacho Castro, actor; Juan Pablo Heras, dramaturgo; Fanny Rubio, profesora titular de Universidad Complutense: Marta Simó, Language instructor de la Universidad de Birminghan

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Y, al llegar a puerto, en el último paso hacia el Parnaso, Sampedro sigue escribiendo porque Escribir es vivir, como ha dicho en más de una ocasión el maestro, y defendió hace pocos años en un curso de verano, en Santander. Magister clásico, maestro de enseñanza de la vida. Si a un buen maestro nunca se le olvida, evidentemente José Luis Sampedro ya es eterno. Pero, prosigamos con su carrera hacia la posteridad literaria. La lectura de estas conferencias santanderinas, alumbró su propio testamento humanista, Escribir es vivir, donde la escritura nos sumerge en ese otro mar de la infancia, esa ilusión de la revelación de un nuevo tesoro, como el del niño que ofrece a su madre una concha recogida a orillas de cualquier mar y el tesoro se convierte en ternura y la ternura en sublime hallazgo. Un camino que se busca a lo largo de La senda del drago donde el buque imaginario de la vida, ese reflejo platónico al que todos tendemos, surca una mar irreal, un cristalino viaje a través de las tempestades actuales.

Hasta aquí la narrativa de José Luis Sampedro, que nos acerca a indicios y realidades. De ahora en adelante, desde la trilogía «Los Círculos del Tiempo» se abre la última parte narrativa que se transforma en cascada donde fluyen ríos de vida, que como Manrique predijo van a dar al mar, pero que en Sampedro no es el morir, sino el vivir, el ser, la esencia, el conocimiento, la plenitud y al final la sabiduría. Marcos y teselas donde el autor se desmarca y se adorna en otro marco altanero; el del tiempo que sucede y que retorna con el calor de una metamorfosis eucarística, que tiene a la palabra como misión para contener la realidad. Pero, además, junto a la concepción de los círculos temporales —que serán la meditación de Sampedro sobre la posibilidad de trascendencia— aparece una renovación de voces y espacios narrados —siempre los vividos o soñados por José Luis— que sobresaltan la escritura con cambios de persona, rupturas de la voz narradora, espacios superpuestos en torrentes memoriales y un sin fin de lo que se ha denominado culturalismo.
Estas variantes son las que nos llevan a interpretar esta parte final de la obra narrativa de José Luis Sampedro, como una superación estética —que no ética— de la primera en cuanto al tratamiento de sus temas fundacionales: el amor, el tiempo y la muerte; a lo que se suman el tiempo como principio y fin que nos crea y nos destruye; la dignidad de las personas y el amor en la vejez, con espejos como la homosexualidad o la androginia; y, por último, el espacio como recurrente vital hacia la muerte.
El autor indaga sobre su entorno, pero sólo en la medida en que ese contorno le ofrezca datos de su propia identidad. Por todo ello, José Luis Sampedro recurre a los espacios autobiográficos de su infancia y adolescencia, que aparecen, nuevamente, en su madurez; el río Tajo, Madrid, Aranjuez; la reiteración de influencias literarias desde las primeras obras; Rilke en El río que nos lleva (1961) y luego más tarde en Octubre, octubre; San Juan de la Cruz en El caballo desnudo (1970), en Octubre, octubre y La vieja sirena (1990); o el Cantar de los Cantares en El río que nos lleva y, de nuevo, en Octubre, octubre. Así mismo, los personajes protagonistas de Sampedro se reproducen, se alargan y traspasan las obras para desarrollar sus planes de comunicación: el irlandés Shannon aparece en El río que nos lleva y reaparece en Octubre, octubre; así como, el espíritu de Gustavo-Flora, de Miguel, y de Mario y tantos otros. Pero también, los objetos repiten escena, aunque en distintos escenarios, como las navajas en El río que nos lleva y La sonrisa etrusca; la fusta en Octubre, octubre y La vieja sirena; el perfume en El caballo desnudo; Octubre, octubre; La vieja sirena; y El amante lesbiano; los armarios de Nieves en El río que nos lleva; de Carmela en Octubre, octubre; y de Hortensia en La sonrisa etrusca.
Como podemos observar, existe una clara intertextualidad —entendida como el texto que no se legitima en su corporeidad o singularidad, sino por estar escrito desde, sobre y dentro de otros textos— en las novelas de José Luis Sampedro
Por otro lado, no debemos olvidar la existencia de un corpus de relatos y poesías que José Luis ha ido publicando en las revistas literarias españolas —otros permanecen todavía inéditos— y que es fundamental como difusión de su ser existencial y como escritor. Dos libros de relatos, Mar al fondo y Mientras la tierra gira, son recopilación de los pequeños cuentos que ya había comenzado a escribir en 1949, en la revista Ínsula, en la sección «Un cuento cada mes», pero también en Proel, El Español y La Estafeta Literaria, que alumbran el mercado editorial en plena efervescencia creativa del autor, que acompaña el nombramiento académico y el conocimiento de muchos de la valía literaria de José Luis Sampedro. En estos relatos se reconoce la presencia de la muerte omnipotente y un pesimismo vital, que empañan la existencia y que se mitigan con la delectación de la belleza que atesora la naturaleza, la búsqueda del placer, la sabiduría en el amor y la fusión de la realidad y la ficción.