
Hasta aquí, una primera definición de una necesidad creativa, que recorre su biografía, como anhelo trascendente en el fluir del tiempo y la realidad del conocimiento. Esa mirada hacia la intimidad de José Luis Sampedro —dejaremos clara la comunión entre vida pública y privada— constituye una realidad palpable en la revelación, desde sus inicios creativos, de una totalidad por sí mismo; por ello, mantendremos que los pilares narrativos del autor —no es el momento de mostrarlos— sostienen de manera solemne las múltiples vivencias que han constituido su vida de frontera. Porque frontera es haber nacido en Barcelona, vivir en Tánger, Cihuela (Soria), Zaragoza, Aranjuez, Madrid, y Valencia, Liverpool, Londres, entre otras muchas ciudades. Frontera es soledad de una infancia sentenciada a los numerosos cambios de afecto —padres, tíos, internado—; que perfilan la imagen de un muchacho primero y un adolescente después, que buscaba en los libros algo de aquella infancia que ya no recuperaría; aquel cariño lejano —siempre añorado de sus padres— y, en fin, unas inquietudes cercadas en el estudio y en la lectura, como deja traslucir Sampedro en sus libros. Frontera es la explicación que el propio autor ofrece sobre su quehacer narrativo en la literatura. Así, frontera es la alusión a una existencia que pretende ser capaz de penetrar en la oscura luminosidad del corazón, alcanzar el límite del lenguaje que nos sitúe frente a una totalidad sin fin y volver a una situación primaria de la vida.
José Luis Sampedro inaugura con la imagen reflejada, en su espejo que no es más que otra metáfora de su vida fronteriza, un proceso erótico-poético, ya en sus primeras obras, como La estatua de Adolfo Espejo (1939, publicada en 1994), y transforma la alternancia entre muerte y resurrección, a través, de la vida de sus personajes. La reiteración de este sentir, como manifestación de la realidad, abre y cierra la trilogía «Los Círculos del Tiempo», donde el pasado y el presente se sobreponen y el tiempo se detiene en una reverberación que se repite en cada novela desde su primera novela publicada Congreso en Estocolmo (1952).
Nos asomamos, pues, al alféizar de este edén humanístico: el conocimiento como proceso es parte esencial de su vida. Parece difícil encontrar una credencial de presentación más prototípica que la del viaje alfa y omega de la vida, principio de sabiduría y final de plenitud en la totalidad de las obras del escritor. La estatua de Adolfo Espejo o Congreso en Estocolmo son la inflexión del llanto matutino de la adolescencia y la madurez no consumadas, en himeneo consagrado al amor y al sexo revelados. Explicitados estos presupuestos, Sampedro aflora desde su linde externo la delicada historia alejandrina de La Vieja sirena, hermosa metáfora de la sabiduría clásica, sublimada hasta el paroxismo en símbolos de vida que brotan desde las entrañas de la naturaleza y decadencia odisíaca, sofocada entre el imperio persa y el romano.
Puede resultar curioso que en esta exposición de títulos narrativos hayamos evitado la obra más característica del académico: Octubre, octubre, novela mundo, o (si me lo permiten) gran hermano de toda su obra, que se sitúa como Neptuno mítico, recorriendo su mapa geológico-vivencial, en esos estratos permeables e implicados entre sí, en los que se mezclan tiempos y fábula. Este deseo de totalidad que representa esta novela es la respuesta a una necesidad profunda en el que el logos se enmarca en un bucle eterno de tiempo, amor y muerte. Los personajes, esencia de los de cualquier novela de Sampedro, se hallan supeditados al conocimiento que la vida les aporta. El saber revelado llegará, de nuevo, con la explosión orgásmica, lejos de la idea de muerte de los griegos, y todavía más alejada de la visión judeocristiana de la perversa Lilith y la tentadora Eva.
Diecinueve años de proceso en Octubre, octubre sangraron la necesidad de José Luis de entregarse a sus lectores con un lenguaje y una ternura que alejaran la culturización y sacralización, para rozar con las yemas de los dedos la muerte digna y el amor terso de un abuelo hacia su nieto. La sonrisa etrusca exitoso desengaño para los lectores del primer y más próximo Sampedro, sin embargo, ha sido el homenaje hacia uno de los fundamentos de la escritura del autor: la dignidad de la vejez, en un mundo deshumanizado, donde lo que priva es la juventud y los valores temporales. Por eso, con El amante lesbiano, el autor retorna a la experimentación y el desafío inusitado y entusiasta, lucubrador y transgresor, lascivo y descarnado. Entre la flora sádica y andrógina de las hojas de esta novela, pocos han sido los elegidos para concebir los basamentos de la identidad de la obra de José Luis Sampedro. No hay olvidos. Todas las novelas, e incluso sus obras de teatro, edulcoran la vida de Mario, el amante de la novela, como río de vida próxima a su mar. Frontera de fronteras.
