Jávea se encuentra entre los cabos San Antonio y La Nao. En la provincia de Alicante
El mar o La mar, depende. Para mi es La Mar porque me gusta sentirla con mis cinco sentidos. Me gusta nadar en alta mar o cerca de las rocas que desprenden ese olor a verdín y a lapas, mientras las corrientes frías se deslizan por entre las piernas avivando el fluir de la sangre en las venas; bucear entre las aguas cristalinas observando los bancos de pececillos que se deslizan entre las mecidas algas. Tirarse al mar desde las rocas es como bautizarse en la naturaleza aún sin domesticar, sin chiringuitos, ni edificios que estropeen la belleza agreste de la costa rebelde a la mano uniformadora del hombre. Aprendí a nadar en las rocas golpeadas por las olas en paisajes muy lejanos, y vuelvo a mi infancia feraz cuando encuentro una reserva, que por su incomoda accesibilidad se libra de la violación fenicia de hamacas y coca cola.
Regreso a aquel pasado en que la chiquillería jugábamos a desafiar el Levante golpeando contra los farallones. Nos dejábamos arrastrar por las olas, y al llegar al arrecife nos sujetábamos fuertemente a las rocas, en esos segundos que nos dejaba el mar hasta la arremetida del siguiente embate, salíamos para volver a lanzarnos desde aquella piedra plana que nos hacía de trampolín. Recuerdo a Mari Tere Canto ¿Qué será de ella, por que mundos nadará?-. No midió bien la embestida de aquel toro de agua que marcó su cara contra los picachos negros.
Desde entonces me sumerjo en La Mar con más prudencia pero no con menos deleite, saboreando el salitre en mi paladar antes de expulsarlo, sintiendo aquella libertad que sentía de niña. Y cada día evito más la playa de arena, donde se discuten los centímetros de arena y el agua es un caldo donde se cuecen los cuerpos.






