Fui a comprar pan y quise pagarle a la panadera con una oda a los trigales de su cabello y a sus labios de amapola, pero no lo aceptó y me dijo que me largara a segar y amasar pan.
Al día siguiente fui a la pescadería con un soneto, allí me enviaron hacer la mar para que volviera con peces.
Me fui muy triste a mi casa, porque yó, solo sé de letras, pero a partir de entonces tuve que aprender a restar y restar y restar.
Desde aquel día me convertí en una persona de números