palmeras

Vall, iba todos los domingos al parque Hernández.
Dos trenzas y flequillo en su pelo rubio, un rostro de armoniosas proporciones, un vestido con vuelo y lazada de corte infantil.
Se paraba en el “carrito” y compraba una “sorpresa”. Siempre la misma emoción ante aquel cartucho liado en papel de colores, al abrirlo una vez más, la decepción: dentro un haba seca y un “anisito” azul o rojo. No comprendía entonces que ilusión y desilusión iban tan unidas. Después buscaba a su compañera de colegio Chantal Rodríguez, pero ésta no le hacía caso, absorta como estaba sentada entre la niñera y el soldado, escuchando los requiebros de aquella pareja, y observando los trajines por debajo del delantal de la chacha.
Aquel parque que atravesaba de oeste a este la ciudad modernista tenía un diseño de paisajismo francés, con sus arriates ordenados geométricamente, en donde sin embargo las palmeras altísimas, producían una zona umbría y sedosa, movidas por la brisa cálida del desierto.

la vieja

También iba al parque los días de diario. A las doce del mediodía, cuando salía del colegio de monjas, iba a casa de la mujer del capitán Pachequee, para recibir clases de solfeo, pero aquella mujer nunca salía de su dormitorio, y en la espera , oía las voces y peleas del matrimonio, fue la primera vez que oyó la palabra cuernos, y pensó en los toros. Con el tiempo supo que La Pacheca se tiraba a todo pantalón andante que se le cruzaba. Al marido le formaron consejo de guerra. Tenía que separase de ella o abandonar el ejército. Desaparecieron de la ciudad y nadie más supo de ellos. Al quedarse sin profesora de piano, sus padres acordaron que le diese clases la señorita Godoy, una vieja solterona que le atizaba con la regla en los dedos para que los arqueara sobre el teclado. Aquella vez, la educadora, agitando brazos y manos en una regañina, metió sus propios dedos por la patilla de sus gafas y estas volaron saliendo por el balcón. A partir de entonces, a la hora de clase, Vall, con las carpetas de solfeo abrazadas, se sentaba en el quiosco de cristal y hierro; y bajo la marquesina se bebía una gaseosa Weil, entretenida en mirar a la gente que pasaba. Así conoció a la “solitaria”: una mujer que parecía salida de las fotos antiguas, vestida toda en color blanco, zapatos “topolinos”, cartera blanca y pelo corto y lacio. Decían de ella, entre sonrisas crueles, que le habían matado el novio en la guerra y desde entonces estaba loca. La solitaria no hablaba con nadie y repetía su deambular por el mismo sitio y a la misma hora. Era hermana de un siquiatra, en una sociedad en que la psiquiatría era una especialidad sin lustre ni oropel, más bien era una profesión burlesca.

A aquellas horas, había poca gente. Además de la mujer de blanco, se paseaba una mora con una chilaba y la cara tapada por el “chador”. La chilaba llevaba unas aberturas laterales por donde el acompañante, en cada vuelta un hombre distinto, metía la mano. Vall esperaba la hora final de “hacer novillo”, hasta que la descubrieron. Cuando dijo que la pedagoga le pegaba, se acabaron para siempre las temidas clases de piano.
Aquella ciudad tenía otro parque, que ella prefería. El parque Lobera, agreste, salvaje y feraz, donde abundaban los pinos y los cactus. El Lobera estaba asentado sobre una colina. El parque se abría en una explanada con los depósitos de agua potable para la ciudad. Más allá: los cortados, los acantilados donde rompía el mar. Decían que allí se arrojaban los suicidas. En aquella época que los barbitúricos eran de impensable adquisición, los desesperados tomaban el camino mas corto.
Cuando la solitaria desapareció, Vall subió a los cortados, se tumbó en el suelo y con la cabeza asomada al precipicio estuvo mirando y escrutando el rompiente de las olas sobre aquellas escarpadas paredes de roca. Esperaba ver sus ropajes blancos flotar en el mar como vela vencida , pero no la vio.

mar de levante

Desde allí, a la derecha se veían las murallas del bastión y a la izquierda el campo santo: una filigrana encalada de terrazas sobre el azul del Mediterráneo. Detrás, en la ladera, en una depresión, escondido y sin vistas: el cementerio de los suicidas. A Vall le impresionaba que aquellos pobres desgraciados, fueran excluidos, en su último descanso, del lugar donde reposaban la gente decente; y, que los situasen en el ataúd, de cubito prono: boca abajo mirando al infierno.

Decían que en el cementerio de musulmanes, los cuerpos y el rostro estaban dispuestos para que mirasen eternamente a la Meca, y en el cementerio judío el candelabro de los siete brazos, alumbraba a los difuntos las noches de insomnio.

El bastión de la Victoria

Nunca había visitado ningún cementerio, pero un día tuvo que entrar en el cementerio cristiano, y volver…
¡Que belleza de atalaya tenían los muertos! De espaldas a la ciudad sin importarles más que el infinito horizonte hacia el este, por las mañanas tenían una luz insultante, por las tardes todos los azules les pertenecían y los días de tormenta les ofrecían en butaca de patio, el espectáculo del mundo embravecido. Vall depositó flores en la tumba de su hermano, su compañero de juegos, aquel bello pez con el que nadaba entre las rocas de la ciudad vieja. El, una tarde entre dos luces dejó su vida dentro de un coche, en la carretera, cerca de la frontera.

nadando en el Levante

Con el tiempo visitó otros cementerios, rezó en otras tumbas, también suyas, muy suyas…
Hoy Vall es la solitaria, que pasea su cordura enajenada, por entre parques del recuerdo.